dijous, 8 de febrer de 2018

Democracia a la española: el caso de Lizartza

Lizartza es una población guipuzcoana que limita con Navarra. Es un tranquilo municipio separado por 35 kilometros de coche de Donostia (San Sebastián). Su número de habitantes es similar al de hace un siglo e inferior al de los años setenta y ochenta del siglo XX, momento en que se aproximó a los 1000 vecinos. Pero en 2007, y durante cuatro años, el nombre de Lizartza resonó intensamente en los medios de comunicación españoles y este modesto pueblo se convirtió prácticamente en una cuestión de Estado. A partir de 2011, como es habitual, los mismos medios pasaron a ignorar completamente a los lizartzarras. En cada momento toca escoger los objetivos más sabrosos y morbosos: Arrasate (Mondragón), Leitza, Altsasu...
¿Qué sucedió en 2007? Fue aquel un año políticamente convulso respecto al conflicto vasco. ETA dinamitó la terminal 4 del aeropuerto de Madrid, la negociación entre el grupo armado vasco y el gobierno español de Zapatero fracasó y las elecciones municipales de mayo se celebraron en Euskal Herria en un escenario entre ambiguo y envenenado. El Estado no permitió la libre concurrencia de la izquierda abertzale pero tampoco vetó todas sus candidaturas, de modo que se produjo una ilegalización selectiva. Esto provocó, por ejemplo, que el 27 de mayo de 2007 los ciudadanos de Pamplona pudieran votar a Acción Nacionalista Vasca (ANV) en les elecciones municipales mientras en las autonómicas la lista de este partido había sido apeada. Lizartza fue uno de los municipios donde la lista local de ANV fue proscrita por la justicia española.
Aquí entra en juego Regina Otaola, militante del PP y vecina de Eibar, ciudad ubicada en el otro extremo de Gipuzkoa. Otaola se convirtió en la alcaldesa paracaidista de Lizartza. Gracias a considerar los votos a ANV como nulos, la candidata españolista se convirtió en un icono mediático y recibió decenas de reconocimientos de grupos y fundaciones tan afines a PP y PSOE como ajenas al municipio vasco. El apoyo de sus gobernados, que habían votado masivamente en su contra, se le resistió más. De hecho, frecuentaba poco el ayuntamiento y lo solía hacer acompañada de decenas de policías encapuchados. ¿Pero qué ocurrió exactamente en Lizartza? Ante la proscripción de la lista municipal de ANV, 186 de los 355 votos se consideraron nulos. Por lo tanto, el 52,39% de los sufragios quedaron fuera del reparto. De los 169 votos válidos, hasta 142 fueron votos en blanco. Esta fue la opción preferida por la base electoral del PNV, que careciendo de lista propia quería impedir la alcaldía de Otaola a través de un voto en blanco masivo. El resultado de lo anterior fue que con un 7,6% del total de votos emitidos, el PP consiguió los 7 concejales en juego y la alcaldía. El poder total del pueblo con 27 sufragios a favor y 328 votos en contra. 27 votos sobre un censo de 500 personas. Entre los votantes, un escaso 7,6% prevaleciendo sobre el 92,4% de los lizartzarras. En 2011 y 2015 los 7 concejales del PP se convirtieron en 7 concejales de la izquierda abertzale. El 2015, Bildu tuvo 240 votos frente a los 12 del PP. Para Ana Rosa Quintana, quizás, pesan más los 12 que los 240. Pero, visto desde el campo democrático, 240 es hasta 20 veces 12.
¿Qué lecciones para el caso catalán aporta la lejana Lizartza? Como mínimo, tres. La primera, que el Estado español no tiene grandes reparos en hacer una lectura interesada de la ley para imponer gobiernos que no responden a la voluntad democrática de la mayoría. La segunda es que los medios de comunicación de los grandes grupos mediáticos, fuertemente vinculados al poder establecido, siguen el guión que marca Madrid y destinan grandes esfuerzos en invertir los términos y presentar a las víctimas como verdugos y a los verdugos como víctimas. De este modo, que en Catalunya el 47,5% de los votos pese más que 43,5% es un acto de aparente tiranía. Sin embargo, para los mismos medios de comunicación es democracia que un exiguo 7,6% de los votos se traduzca en el 100% de la representación institucional. La tercera y definitiva lección es que el particular 155 contra Lizartza fracasó y la excepción dio paso al retorno a la normalidad democrática. Para vencer, hay que resistir. Como Lizartza, una piedra vasca en el zapato de los inquisidores.

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